Historias de la peste

En la ciudad de Verona, un lunes 19 de diciembre del año del señor de 1496, Zanetto Fuscone, comerciante, entró en prisión acusado falsamente de blasfemia por Antonio di Borghesi, un noble que le debía dinero por un trato de telas finas.

Zanetto Fuscone soportó el castigo y las penalidades de su reclusión hasta el día de marzo de 1498 en que se le ofreció la conmutación de su pena a cambio de un trabajo ingrato: picegamorti.
Consistía la faena en ir a las casas de fallecidos por causa de la peste y retirar los cuerpos para darles cristiana sepultura. Camino al cementerio debía hacerse paso con una campana y anunciar que llevaba apestados. De las casas de los ricos sacaba ataúdes. De las de los más pobres, cuerpos envueltos en mortajas harapientas.
A los siete días, sacó de un palazzo un ataúd labrado que contenía el cuerpo de Antonio di Borghesi. Se habían contratado pajes y plañideras, aunque nadie de la familia quiso acompañar la comitiva fúnebre. Un cura se unió desde la puerta, pero dobló la esquina en cuanto ya no fueron visibles desde el palazzo.
Ocho meses estuvo Zanetto Fuscone ejerciendo el oficio de picegamorti. La peste remitió a los pocos meses y él retornó a su trabajo de comerciante. Con el tiempo recuperó la fortuna perdida en el pleito y por la multa eclesiástica impuesta en trueque de la pena de muerte que le correspondió por la supuesta blasfemia.
Murió en su cama, por causa de la segunda gran peste, el año del señor de 1522, testado y llorado por sus hijos y esposa, que le sobrevivieron.

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