Estas son notas transcritas de mi diario de viajes. Siento la dispersión, los posibles errores, pero apenas he tenido tiempo desde que he vuelto.





NOTAS DE AEROPUERTO

Decidí viajar a Cuba a ciegas, sin guía Lonely Planet, sin mapas, sin un plan detallado de visitas, sin las lecturas que siempre me acompañan antes de los viajes.
Talvez porque contaba con la ventaja de tener una nueva familia que me esperaba, deseosos de conocerme, a decir de I. O talvez porque Cuba es uno de los pocos destinos turísticos que son tan denostados como alabados y prefería formarme una opinión propia.

Si nunca visité la isla fue porque me preocupaba la falta de oferta. Es generalizado el comentario de que fuera de follar jineteras por unos pocos chavos, o tumbarse ocioso en una playa de folleto turístico, Cuba tiene poco que ofrecer. Este comentario lo oí incluso de una pareja de españoles que volvían de pasar dos semanas en dos hoteles todo incluído.
Me preocupaba también la seguridad (dos conocidos fueron desvalijados a los pocos días de llegar), me preocupaba la salubridad a decir de las fotos que algunos insisten en exponer como la realidad generalizada en Internet.
Yo que me crié no muy lejos de aquellos focos de miseria que son los vertederos de basura guatemaltecos sabía que si Cuba era igual, no podría disfrutar de vacaciones.



EL VIAJE

El viaje es largo (¡10 horas desde Madrid por dio!), y si alguien puede permitirse viajar en preferente, es de recomendar. No hacerlo equivale a viajar enlatado y, para alguien como yo, ir temiendo el mal del viajero de clase turista, cuyas consecuencias pueden ser una trombósis que me deje paralítico, o peor aún, inutilizado en la parte que rige la líbido.

A Cuba viajaban unos cuantos individuos que a todas luces iban en busca de sexo fácil, tipos vestidos con ropas aptas para personas más jóvenes y con figura; con aquellas caras yo apostaría a que sólo los dejan entrar en un puticlub de carretera si llevan pasamontañas y pagan por adelantado.
Pero no eran ni mucho menos mayoría.

Muchas parejas y, sobre todo, un grupo de jóvenes que se dedicaron a la litrona desde que se apagó la luz de aviso de los cinturones, y que no dejaron dormir ni al bebé de pocos meses que no paró de llorar en todo el vuelo.
Y también, reconocibles, los cubanos que viajan a ver a sus familias.




BIENVENIDO A CUBA

La llegada al aeropuerto me hizo recordar los aeropuertos del subdesarrollo que ya conocía. Pasillos sucios, gente fumando, y mezclas de colores que solo se le pueden ocurrir a un funcionario asténico. Y las colas. Incómodas para viajeros que llevan horas de vuelo sin dormir.
Mi primera impresión de los funcionarios de MININT (estas siglas me recuerdan al 1984 de Orwell), que son quienes se encargan de revisar los pasaportes, es de que consideran a cada visitante como un potencial enemigo. Su función es la de desconfiar.
Revisan una y otra vez el pasaporte y hacen preguntas que incomodarían al más inocente; preguntas del tipo ¿Por qué visita Cuba? ¿Conoce a alguien en la isla? ¿En qué hotel se hospedará? ¿Cuál es su profesión en España? En su pasaporte dice que nació en.... ¿Hace cuánto tiempo que salió de allí? ¿hace cuánto que vive en España? ¿Viaja solo? ¿Cuánto tiempo se quedará en la isla? La mirada inquisitiva y descarada de la funcionaria empieza a llenarme el cuerpo con una mezcla de exasperación y nerviosismo. Entonces todo se desvanece cuando una última mirada pone una mueca de sonrisa, al tiempo que estampa con dureza el sello en el visado y dice: “bienvenido a Cuba”.

Al salir de la cola esperamos las maletas durante largo rato. Salen desordenadamente por dos cintas.
I. está nerviosa.
Aunque nos han afirmado que las cosas en el aeropuerto no son como antes. Ya no abren las maletas, ni se cobra arbitrariamente. Varios funcionarios corruptos terminaron en la cárcel y ahora hay cámaras vigilando a los vigilantes. Desde Enero de 2007 existe una nueva ley de aduanas que rige en el aeropuerto. Existen unas pesas reglamentarias junto a la puerta de salida, y el máximo permitido a los cubanos es de 30kg, incluyendo 25kg de objetos personales y 5kg de regalos. Adicionalmente se admiten 10kg de medicinas. Yo llevo una carga superior de regalos y “encarguitos” para otros tantos familiares de conocidos cubanos de I. Llevo el pasaporte de la EU bien visible, I. viene detrás, casi pegada a mí. Salimos sin dificultada alguna.
El truco dió resultado.



HORROR VACUI URBANO

Al salir del aeropuerto, (ha pasado una hora interminable desde el aterrizaje ), de nuevo siento la sensación del tercer mundo. No porque haya suciedad, sino descuido. Parches enormes de tierra que agradecerían un jardín.
El exceso estétito de las ciudades del primer mundo cala hondo.
Es de noche, y siendo La Habana la ciudad más densamente poblada de Cuba es sorprendente que apenas haya tráfico. Nos llevan en un viejo moskovitch de los 70, y nos cruzamos con otras tantas reliquias andantes. Las calles están oscuras, y el alumbrado existente en las zonas más céntricas es lúgubre. Podría parecer que hay apagón, pero nos dicen que hace mucho que no se producen. El petróleo venezolano sin duda ha ayudado.
Veo grupos de muchachas en las esquinas. No son jineteras como algunos pudieran pensar. El último turno de alguna fábrica que se ha quedado sin transporte, la peor lacra de los habaneros -y de los cubanos en general- que esperan, “cogiendo botella” en la expresión local, que alguien las lleve lo más cerca de sus casas. Una causa de estrés para los cubanos es sin duda la falta de transporte.

Es obvio que estoy cansado físicamente, pero el horror vacui de mi mente sin descanso no para de observar cada detalle del viaje.



UNA INSTITUCION HOTELERA VENIDA A MENOS

El hotel INGLATERRA abrió sus puertas en 1875, es un bello edificio neoclásico con azulejos de Alicante y enrejados sevillanos. Está junto al paseo del Prado y cerca del Gran Teatro de la Habana, y parece haber sido remozado recientemente.
Pero las habitaciones son cuchitriles de cuatro estrellas. Huele a cigarro; está descuidadamente limpio; una de las almohadas estaba sin funda y encontré un pelo de culo encima de la sábana.
No quise ir a un Meliá, y la cadena estatal Gran Caribe parece jugarme una broma de mal gusto. Noto que I. se siente incómoda al ver mi desaliento. Empiezo a preguntarme si todo en Cuba será así de sorpresivo.
Al día siguiente la prima de I. nos consigue una habitación en una casa particular a pocos metros de la suya. Es un barrio residencial tranquilo llamado Aldabó, la casa está pulcramente limpia y el aire acondicionado ni siquiera es necesario, pues la habitación es fresca. Los viajeros experimentados aconsejan este método de alojamiento, y yo no voy a ser menos. Algunas de estas casas tienen permisos estatales para alojar extranjeros. Talvez sea lo más recomendable, pues las multas a los propietarios son de mil euros (una cantidad astronómica para el cubano común) y la posible expropiación de la casa por parte del estado.


UN AMANECER DE GALLOS FURIOSOS

A pesar del cansancio dormí mal y poco. Desperté a las cuatro de la madrugada, con el canto inusual de los gallos habaneros que reciben el amanecer cantando como si en ello les fuera la vida, temerosos de que no hacerlo significará ver sus cuellos cercenados en un sacrificio a Changó, o terminar siendo consomé. Fue un amanecer de gallos furiosos.
Me ducho, esta vez sin asco, y me visto dispuesto a ver la Habana con una anfitriona de lujo como guía. La prima de I., profesora en la universidad de la Habana se ha ofrecido a enseñarnos todo lo que hay que ver en la Habana.


LA HABANA

Un día claro y no excesivamente caluroso.
La Habana no es la Cádiz con más negritos de Lorca; me pareció más un ejemplo de lo eminentemente criollo, orgulloso e íntimamente atado a su origen. Comprendo ahora mejor la crisis del 98, aquella tristeza que hundió España en un retraso que duró cien años. Cuba, con la idiosincracia de su gente, su arquitectura, su estética, su gracia, fue un miembro arrancado de cuajo con la bomba del Maine.
Me encuentro en lo que era la vieja ciudad intramuros, la Habana colonial, con una esplendorosa ciudad que está siendo justa y primorosamente restaurada desde 1981.
Los años del período especial marcaron una diferencia sustancial, pues se hizo necesario acomodar restauración de edificios con las necesidades sociales de los habitantes de la Habana vieja. Y ha sido un logro, pues el plan de la oficina del Historiador, que es la institución que se encarga del proyecto desde 1995, tuvo en cuenta la rehabilitación de escuelas, hogares infantiles, comedores para ancianos, sitios de formación para los restauradores, dando así a los habitantes un rol importantísimo que se ve reflejado en los resultados.
La Habana vieja es sin duda la única gran ciudad americana que ha sobrevivido a la especulación urbanística, a los cambios seudomodernizadores que se dieron en latinoamérica en los 60 y 70, que arrasaron barrios enteros en México y Centroamérica dando paso a edificios feos que hoy ya son ruinosos, y que condenaron a sus habitantes a los extrarradios y a la marginación.
El triunfo de la revolución frenó en Cuba ese auge, y con ello le hizo un favor a las generaciones posteriores.


LA SANTISIMA TRINIDAD REVOLUCIONARIA

Los dos líderes carismáticos, y curiosamente los dos que según todos los indicios fueron directa o indirectamente finiquitados por Fidel, son omnipresentes en la iconografía que puebla calles y carreteras: Camilo Cienfuegos y el Ché Guevara .
El tercer lugar talvez lo ocupe Fidel, cuyas frases se repiten tanto como las atribuídas a Martí.

Se me ocurre que Fidel usa este sistema trinitario en un afán por diversificar lo que de otro modo sería un sistema con un único gran timonel, lo que a la larga produce desgaste.

El pueblo no olvida a Camilo Cienfuegos. Me cuentan quienes le conocieron que fue el más querido de los tres, y se le recuerda con su eterna sonrisa y su afabilidad. Del Ché tuve opiniones dispares, talvez porque era el de personalidad más compleja. Tímido, pero al mismo tiempo autoritario. Y de gatillo fácil. El médico parece haberse sentido a gusto incumpliendo su juramento hipocrático.
Fidel es Fidel. Nadie en la isla le critica abiertamente, y nadie le odia. Es un fenómeno que ya sucedió con otros dictadores, España con Franco sin ir más lejos.

Todos los pueblos, civilizados o no, padecen una especie de Síndrome de Estocolmo con sus líderes victimarios.

Estoy seguro de que tras su muerte llorarán todos los cubanos. Algunos de alegría, es cierto, pero casi todos de tristeza. En Cuba son muchos los que se dejaron la juventud creyendo a pie juntillas al superviviente más siniestro de la trinidad cubana.




LA GRAN HERMANDAD


He comprendido que entre la mayoría de los cubanos existe una gran hermandad en la que el favor prestado es un posible favor recibido. No comparten penurias, sino el pan y la alegría entre las estrecheces a las que se ven sometidos.
A estos cubanos no les hace falta decirse mucho para entenderse a la perfección, han desarrollado un lenguaje propio que les permita moverse en un mundo de suspicacias y denuncias anónimas que pueden significar la cárcel. Es una extraña forma de oposición pasiva a un gobierno que parece hacer leyes específicas para dificultarles la existencia.
Esa oposición pasiva tendrá mucho que ver en los cambios venideros. Los cubanos son inteligentes, y han desarrollado esa inteligencia en todas sus formas, ya sea picarezca, verbal, inventiva o subversiva.

En broma, pero absolutamente en serio, les dije a algunos cubanos que conocí que ellos están preparados para sobrevivir tras una guerra mundial como lo estuvieron nuestros abuelos. A los demás, que el de arriba nos coja confesados.



EL ANHELO DE QUE LLUEVA


Y, no obstante, qué ameno le parece
a quien viene de tierras faltas de lluvia
y horizontes de colinas con sólo
escasos árboles, algo de hierba
el cielo vacío, el anhelo de que llueva.
Dana Gioia



El poema del que tomo esta cita, obra del poeta y actual presidente de la National Endowment for the Arts de Estados Unidos, figura en la primera página de una de las revistas que la Oficina de Intereses de USA en la Habana distribuye en la isla. Seguramente el poeta pensaba en las tierras californianas que tuvo que cambiar por el frío de Washington. O talvez aspiraba a que alguien, en Cuba, captaría un mensaje más allá de la literalidad del texto. Porque más allá de la pobreza de Cuba, de las vicisitudes del día a día de los cubanos, y como un contraste esplendoroso con el resto de América Latina, en Cuba se vive con un anhelo de futuro, de cambio, de mejora. Con el anhelo de que llueva.