UNA NIÑA REGALA UNA FLOR A FRANKENSTEIN



Con en el recuerdo borroso
de una película de infancia en blanco y negro,
a veces fantaseamos con un mundo inmerecido
en el que la ternura existe, y el nosotros,
en su elemental pureza.
Es como vivir un ser distinto
en el reflejo repentino de lo nuevo,
lejos de la multitud y sus persecuciones.

El monstruo que llevamos
se abandona a la única mirada
y reconoce su transparencia
vedada a la ceguera de los otros.
Nos trastoca entonces una divinidad
y somos el rayo herido por la noche,
la incongruencia de lo cierto
con la absurda certeza del que ignora.

A veces
una niña regala una flor a Frankenstein
para que sobreviva la luz de lo que somos
en la insistencia prolija de lo oscuro.