—He desistido de todo, me digo
en voz alta, para oírme,
y me asomo a la ventana
donde el aire entra
como un fluido helado que se escapa
a mi comprensión y a mi deseo.
Afuera se oyen perros, una ambulancia,
el camión de la basura, un instante de lluvia.
Enciendo un cigarrillo, no sé por qué
si lo he dejado tantas veces;
pero es como querer dejar de ver
inútilmente y a pesar mío.
Me pregunto si estoy en la ventana para intuir
que todo sucede fuera de mí y de mi alcance
en otra dimensión o en otro mundo,
porque escucho llorar a un bebé a lo lejos,
e imagino que una mujer llega hasta él,
descalza, para acogerlo en brazos;
siento el roce limpio de la piel con la piel,
y como un susurro muy quedo
en el silencio de una música que suena
-esta noche es sin duda para música de piano-;
pero esa ternura es ficticia
porque el bebé sigue llorando,
me sigue llorando dentro
en esa región que desconozco
y me desconoce,
de la que desisto para no herirme
y no cerrar con violencia esta ventana
donde apenas comienza el mundo.