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I

Luis tenía el don de encontrar cosas. Cosas escondidas.

Era un don innato que se manifestó a edad temprana, cuando no había aprendido a andar y se movía a gatas por la casa, indagando un mundo que pertenecía a los insectos, y a las cosas pequeñas que se ocultaban debajo de los muebles y resistían los tenaces escobazos de la abuela. Así fue como encontró aquellas medallitas de oro que se tragó sin ser visto una tarde de sábado. Al día siguiente, cuando toda la familia compartía el café de la tarde, los gritos de la madre los sacaron de la monotonía:

—¡Este niño caga oro!

El escudriñamiento vehemente que la madre hacía de las heces de sus retoños había dado un fruto imprevisto en forma de moneditas de oro. Eran las mismas que la bisabuela había dado por perdidas recién llegada de Turquía, y que pertenecían a la dote que le había correspondido antes de embarcarse en un viaje sin retorno. Es así como aquel pequeño tesoro desgajado de los restos del imperio Otomano, había terminado en los pañales de un infante en un rincón del Caribe. Pero conociendo el devenir de Luis y su don de encontrar cosas escondidas, a nadie le sorprendía ya la famosa historia de las moneditas turcas porque, siendo adolescente, Luis era conocido como el hombre que encontraba cosas.

Bastaba con que se tuviera un mínimo indicio del lugar en que pudiera estar el objeto extraviado, para que Luis se dirigiera hasta él, como llevado de una mano que no pertenecía a los seres vivos. Y a él acudían de todos los rincones como si de un santón se tratara, pidiéndole noticias sobre el paradero de cosas que se habían perdido de las maneras más inverosímiles. Que si un reloj de oro que una rata había robado y escondido en un pequeño resquicio en el muro trasero de la panadería del español, e incluso la urna funeraria con las cenizas de un antepasado que se había perdido entre los objetos inservibles tras una mudanza; Luis tuvo que acceder a tan descabellada petición al ver la palidez y las ojeras de insomne de aquella mujer que vivía atormentada por un aparecido, que le reconvenía todas las noches su poca responsabilidad para con las cenizas de sus propios muertos. Luis encontró la urna en el fondo de un baúl, envuelta en trapos viejos, como si él mismo la hubiese colocado allí.

Así pues, a Luis la vida le era favorable, y ganaba pequeñas cantidades como recompensa merecida a sus hallazgos. Además, a menudo encontraba billetes, monedas y otros objetos de valor que ya no tenían dueño, y que él dedicaba a incrementar el pequeño patrimonio familiar. Porque Luis no podía trabajar, aquejado de unas súbitas fiebres que lo dejaban postrado durante días.


II

Delfina Coj era indiscutiblemente la mejor lavandera del valle; tenía un secreto para dejar las sábanas con un blanco impecable que hacían envidiables los ajuares de las damas criollas que la tenían a su servicio. Y así es como a Delfina no le faltaba el trabajo, y era reclamada por todas las señoras que se la disputaban con rencillas que algunas veces acabaron en juicios por terceros motivos, pero en cuyo epicentro se encontraba la pobre Delfina que se limitaba a encogerse de hombros, y a mirar invariablemente hacia su izquierda, intentando un deje de humildad que sin embargo desmentía con aquella sonrisa de india orgullosa que alguien llegó a comparar con la sonrisa de la Mona Lisa, si bien Delfina no atisbaba a comprender si era buena cosa que la comparasen con una señora desconocida que tenía un nombre tan feo.

Pero cuando en las casas empezaron a desaparecer prendas, joyas y hasta documentos notariales no faltó mucho para que las maledicencias empezaran a surgir, pues no parecía casual que las desapariciones se produjesen precisamente en las casas en las que Delfina Coj entraba como Pedro por su casa, mientras a toda la servidumbre le ponían bajo llave hasta el azúcar. Sí. Esa harpía hipócrita no era trigo limpio.

Alguien descubrió los amores de Delfina con un zambo que estaba preso por ciertos crímenes horribles cometidos en una hacienda de la Costa. Las tardes de Septiembre hicieron el resto, pues bajo los tamarindos se reunían las más viejas para urdir, como fiscales diligentes, el cómo, el dónde y el porqué de los robos. La culpable estaba ya sentenciada, y únicamente quedaban ciertos detalles sin importancia, como lo eran averiguar dónde escondería Delfina el botín de su indigna rapiña, o cómo se haría con las llaves de los joyeros que casi siempre estaban en el primer piso, siendo el caso que Delfina jamás se adentraba más allá de las cocinas para aceptar amablemente el café que las sirvientas le ofrecían cuando venía a buscar la ropa sucia.

Así fue como Delfina terminó en la Alcaldía, acusada por todo el mundo de ser la ladrona. No hizo falta que el juez llegara desde la capital, pues entre el alcalde y el secretario juntaron suficiente sumario como para castigarla a galeras de por vida. Quedaba, por supuesto, el detalle de las pruebas, que el secretario hábilmente había hecho innecesarias ante la contundencia de su verbo en el escrito acusatorio. Y así pues, en cuestión de días, la Mona Lisa india terminó siendo la vil ladrona que no dejó desde entonces de llorar sin consuelo y jurar que jamás había robado ni un pañuelo.

Pasaron tres meses hasta que Luis volvió de unas vacaciones que lo alejaron del calor sofocante, y al oir la historia acudió presto a visitar a Delfina, que yacía casi inconsciente sobre un petate inmundo, demacrado el rostro y tremendamente enflaquecida, pues apenas comía, y lloraba en los escasos momentos en que recuperaba la conciencia. Luis tenía claro que la tata Delfina era inocente, no sólo porque intuía el paradero de las cosas robadas, sino porque Delfina había sido su niñera hasta los siete años, y con ella aprendió el nombre Quiché de los animales, el nombre secreto de las flores y de las estrellas, y las historias emanadas del Popol Vuh que Delfina contaba como si se tratara de enseñanzas bíblicas. Asomado a la reja de las ventanas, a Luis se le escaparon las lágrimas. Salió indignado ante tanta injusticia y se detuvo delante de la casa de doña Amalia Quirós, viuda de Aguirre, que fue la principal instigadora en el juicio vergonzoso, agitó con grandes golpes el pomo de bronce, y cuando la viuda salió, le dió tiempo a respirar profundamente delante de ella, y a decirle con voz bien impostada, y de una sola vez, lo siguiente:


—Si quiere el reloj de oro de su difunto marido, y la sopera de china, y el abanico español que perteneció a su suegra, vaya al potrero y desentierre un saco que está junto al aguacate. Y luego vaya a confesarse, y por último haga que saquen a esa pobre desgraciada de la cárcel antes de que también sea usted culpable de homicidio además de perjurio.


Doña Amalia nunca se había sentido tan ofendida, pero se apresuró a llamar a un mozo y ordenarle desenterrar donde Luis le había indicado. Y en efecto, aparecieron las cosas. No fue este, sin embargo, el fin de la historia que había arrojado tanto vituperio sobre el buen nombre de Delfina Coj. Todo lo contrario. La fuerza de las malas lenguas hicieron increíble la inocencia de la india, pues alguien se apresuró a inventar una imposible connivencia entre Luis y Delfina Coj. Delfina murió a los pocos días por el escorbuto que había convertido sus encías en una sangría pestilente. Pero las verdaderas causas de la muerte hay que buscarlas en la pesadumbre que producen las injusticias de los hombres.


III


Luis no volvió a encontrar cosas para nadie. Aunque una fuerza inagotable y poderosa le seguía indicando de forma íntima e inequívoca el paradero de todas las cosas perdidas.

Pasaron diez días tras la muerte de Delfina, y Luis desapareció dejando atrás su casa, cuyas pertenencias fueron también desapareciendo, hasta que sólo quedaron las paredes vacías, como un cascarón que se fue resquebrajando y terminó convertido en la guarida de las alimañas, que se asoleaban sobre las tejas rotas mientras observaban el discurrir de las gentes de aquel pueblo que moría en el sopor de su propia miseria.