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I

Isidoro Laguna sintió el viento del Este como un machetazo que le heló las mejillas, así que aceleró sus pasos por el patio oscuro hasta llegar a la cocina, convencido de que pronto empezaría a nevar, y allí se sintió arropado con el calor seco de los leños que ya chisporroteaban en los fogones.

Un gato se desperezaba, meloso, entre los pies de las criadas indias, que saludaron a Isidoro nada más verlo entre risas y chanzas descaradas. Comprendió que ellas también sabían que hoy no era un día cualquiera.

Volvió la mirada al patio desierto, y pensó que podría caer lluvia con granizo, o incluso nevar. Lo mismo dijeron en voz alta las criadas mientras le preparaban un abundante desayuno consistente en frijoles negros fritos, dos huevos a la ranchera y un tazón de café negro.


Isidoro Laguna se frotó las manos, en un gesto que aunaba el hambre que estaba a punto de matar, el frío al que se enfrentaría al salir de la casa y la jornada que le esperaba el día más importante de su vida.


II


Tal era la capacidad de trabajo y el grado de responsabilidad de Isidoro Laguna, que en 1978 acudiría a la feria maderera de Hidalgo con la plena libertad de su padre para cerrar tratos.

Este hecho no sería sorprendente sin el detalle importantísimo de la edad y circunstancia del protagonista de la historia, que a la sazón acababa de cumplir dieciocho años de edad, y era huérfano de madre desde los seis.



III


El gringo Irving quedó admirado por la forma precisa y cabal con que aquel muchacho negociaba y cerraba los tratos. Reconoció en él la apostura del triunfador, y le pareció un desperdicio que malograra sus innatas posibilidades negociando con pequeños tratantes más acostumbrados a las maneras de los rufianes provincianos.

Como era un viejo conocido de su padre desde que se iniciaron las ferias anuales por los años 50, fue a visitarlo con una proposición clara y seria: ayudar a hacer del joven Isidoro un experto enseñándole todo lo necesario para convertir el pequeño negocio familiar en una empresa de prestigio.


El viejo Laguna, un vasco cansado que ya sólo soñaba con irse a morir a Hendaya desde que una desafortunada operación quirúrgica se llevó para siempre a su segunda mujer, accedió sin dudarlo a la propuesta.

Y más que por saber que su hijo era capaz de hacerse con las riendas del negocio, por la secreta convicción de que la oportunidad le permitiría empezar a planear su viaje sin retorno.


IV

Así fue como Isidoro Laguna se encontró tres semanas después en un condado llamado Trempealeau, en el estado de Wisconsin, Estados Unidos de América.

Era la primera vez que viajaba, y a la emoción de la aventura se unió el gozo de las vistas de un río rodeado de inmensos bosques.

Durante los primeros tres meses se esforzó en aprender inglés hasta lograr comunicarse con indudable soltura.

También aprendió el flujo que seguía la materia prima hasta convertirse en producto elaborado, y a valorar con buen olfato las fluctuaciones del mercado para buscar los momentos óptimos de compra y venta.


El gringo Irving supo entonces que no se había equivocado.


V

Pero el juego de la crueldad que la fortuna practica con todos los mortales, habría de dar un giro inesperado a la vida de Isidoro.

El bueno del gringo Irving murió apaciblemente, mientras dormía, a causa de un infarto fulminante.

Su hijo y heredero universal, quien no veía con buenos ojos a aquel latino que le parecía tan altanero como eficiente, fue desde entonces el dueño y señor de la empresa, y confinó a Isidoro en aserradero que quedaba junto al lago, a cargo del capataz, para olvidarse así de un huésped que le resultaba incómodo.

También le asignó un sueldo no muy generoso, y le pidió que buscase un sitio propio para vivir, pues tenía intención de vender la casa paterna.

El capataz, norteño como él, acogió al joven de buena gana, ya que sabía que éste podría hacerse cargo de encargos menores y aligerar su propia carga.


También le presentó a Miss Miller, que alquilaba una habitación en una enorme casa de color azul pastel.


Miss Miller era una pelirroja silenciosa de cuarenta y pocos años, todavía atractiva y que no se casó nunca, razón ésta por la cual insistía en ser llamada Miss Miller.

Vivía con su hija Betty, que de pequeña había sufrido un atropello que la tuvo en coma durante dos semanas. Nadie diría que aquel accidente hubiese tenido alguna secuela, pues la bellísima Betty era una alumna aventajada y tenía beca para hacer un máster en Harvard después del verano.


Cómo y cuándo sucedió que Betty e Isidoro sintieron la urgencia del amor es algo que ninguno de los dos contó jamás. El caso es que durante el mes de Junio no hubo un día en que no hicieran el amor hasta en dos ocasiones, aprovechando las ausencias oportunas de la madre.

Para Isidoro era la primera vez, pero Betty no era precisamente la virgen casta y pura que su cuerpo blanquísimo y lozano, sus cabellos rubios y su mirada inocente proclamaban.

Miss Miller los sorprendió besándose en el porche una noche de luna llena, y, aunque era una mujer comprensiva, entendió que aquella relación podría dar al traste con la beca de su hija. Así que aceleró el viaje para acortar aquella inoportuna fiebre amorosa.

Ambos jóvenes lloraron durante la despedida, se juraron amor eterno y se dijeron adiós con la mano hasta que el automóvil desapareció en el horizonte.

Recibieron una llamada de Betty al día siguiente. Había llegado bien y se preparaba para conocer a sus compañeros en el Campus.



VI

Pasaron semanas que se fueron engarzando en un número de meses. Y Betty no volvió a hablar con Isidoro, ni le escribió una carta, ni siquiera una postal, y aunque sí telefoneaba a su madre mientras él estaba ausente nunca le dejó un mensaje.


Miss Miller ocasionalmente dejaba caer un comentario sobre aquellas llamadas, pero comprendía que aquel trato de su hija hería el alma de aquel joven. El pobre Isidoro dejó de comer, aquejado de su primer mal de amores. Elucubró mil diferentes historias para entender aquel comportamiento tan cruel como irracional, pero no alcanzaba a comprender por qué razón el amor de Betty había dado paso a la más absoluta indiferencia.


Finalmente enfermó, y estuvo a punto de morir por causa de una apendicitis aguda que acabó en peritonitis porque él confundió aquellos dolores de caballo con el dolor de su amor contrariado.

Tuvo que ausentarse de la fábrica durante seis semanas.


VII

Durante este tiempo, Miss Miller había aprendido a apreciarlo, le cuidó durante su convalecencia, y procuraba no mencionar el nombre de su hija para no exacerbar su melancolía.

Su confianza había llegado al punto de recostar su cabeza en el hombro de Isidoro mientras veían la televisión. Era un gesto familiar carente de erotismo que a Isidoro, en cambio, le hacía sentir un inconfesable placer.

Años después, Isidoro recordaría, durante sus esporádicas borracheras, que la cabellera pelirroja y olorosa de una mujer era capaz de devolver la vida.



VIII

En aquella postura los sorprendió una llamada intempestiva de Betty, que anunciaba su llegada en una semana. Pidió hablar con Isidoro, y le habló como si aquellos meses hubieran sido apenas dos días.

Isidoro fue frío y cortante, pues el daño era ya irreparable.

Volvió al sofá sin decir palabra.

Miss Miller volvió a apoyar la cabeza en su hombro, sin poder evitar un ligero gesto de agitación.


Isidoro puso su mano sobre el muslo de Miss Miller. Y al notar su firmeza, al constatar el calor que emanaba de su cuerpo de hembra, la atrajo hacia sí con una mano apretando su cintura, y con la otra de la nuca, hasta encontrarse frente a frente. Miss Miller le ofreció sus labios entreabiertos.

Isidoro la tumbó a lo largo del sofá, y Miss Miller apenas pudo hacer un leve intento de apartarlo que éste detuvo sin ninguna contemplación, apretándola contra sí por las nalgas, para que sintiera en su vientre la erección incontenible e incontrolable.

Entonces ya todo fue abandono, y miss Miller lanzó un mínimo quejido. Era la señal que Isidoro esperaba: se dejó desnudar, tocar, acariciar, lamer y desear, y finalmente se dejó amar como una mujer expertísima que condujo entre sus piernas la pasión desbocada de Isidoro por las sendas de un sexo sin prisas, primero en el sofá, y luego en su lecho, durante horas, hasta que el cansancio de sus propios cuerpos los arrojó al vacío de un sueño angosto como un abrazo.


IX

A la mañana siguiente, a la misma hora en que Miss Miller despertó enamorada, Isidoro Laguna sujetaba, con el puño cerrado, entre el pulgar y el índice, un billete de autobús que le llevaría de nuevo a Hidalgo, en la provincia Mexicana de Nuevo León, donde ese mismo día también empezaba a nevar.