I

Le llamaremos R., más que nada porque se trata de una persona real que hace, o que hacía hasta no hace mucho, un trabajo ilegal.
Debo aclarar, no obstante, que la ilegalidad de su profesión no era en absoluto de naturaleza nociva para nadie que no fuera la hacienda pública, que se quedaba sin sus ganancias.
R. se dedicaba a vender diamantes para una pequeña empresa familiar de Antwerp, de la que formaba parte, y a colocarlos en diferentes países europeos a precios sustancialmente más económicos que los diamantes legales. A veces en Moscú o en Estambul, y otras en Marbella o en Sofia.
De su mujer recuerdo que era de apariencia arisca, banal en el trato hasta la casi frivolidad, y que llevaba peluca, aunque tenía una hermosa cabellera rubia; tuvo dos hijos de él, y le esperaba los viernes por la tarde para tomar sopa de pollo tras encender las velas del Sabbat.
El regresaba a casa cada viernes, y el domingo se volvía a ir de viaje.
R. era considerado uno de los hombres más prósperos y trabajadores de la comunidad. Para cualquier sefardita entre ashkenazíes, aquel logro podría considerarse un tour de force tan angustioso como estéril, aunque para R. no requirió de esfuerzo adicional y él se había mimetizado en aquella ortodoxia como un pez en el agua. Todo ello no era fruto único de su tremenda fuerza de voluntad, ni de su memoria casi fotográfica para datos, fechas y lugares, ni por los cinco idiomas hablados y escritos perfectamente. R. era hombre de rara bonhomía y don de gentes; y a nadie, con la excepción insólita de su suegro, podría haber causado rechazo alguno por sus formas ni por su agradable fisonomía.
R. era sin duda un hombre tocado por la divinidad.



II

Hace cuatro años la vida de R. dio un giro impredecible.
Le atracaron no muy lejos del museo Pushkin, que visitaba siempre que iba a Moscú. No se percató de que le acechaban desde un coche oscuro del que se bajaron dos enormes matones que lo machacaron sin piedad, hasta dejarlo por muerto sobre un charco de sangre. Le robaron diamantes que habrían sido valorados en 600.000$ en el mercado de Amberes.
Nadie del consejo familiar entendió cómo ni por qué se había desviado de su ruta, ni cómo terminó siendo atracado.
R. no consideró necesario decir que había ido al museo Pushkin a observar durante largo rato una tela de Gauguin, Te arii vahine, La esposa del rey.
La decisión unánime fue la de restar el costo de los diamantes de la parte que le correspondería del reparto de beneficios al final de año.
R. calculó mentalmente que aquella decisión significaba números rojos para los siguientes seis años. Seis años de vacas flacas.

-A glick hot dich getroefen!* sentenció en Yiddish su suegro, con evidente sorna. Nunca le había gustado aquel sefardita con el color de la tierra, dado a la ensoñación y con la cabeza en mil sitios a la vez.

R. tardó doce semanas en recuperarse completamente de sus heridas, incluyendo las del alma.
Su cuñado, el psiquiatra, le trató la agarofobia que le produjo el percance, y le recetó un ligero ansiolítico y un antidepresivo.
Durante su larga convalecencia se dedicó a leer y a pintar casi a escondidas poemas de Rambam miniados sobre pergamino de cordero que adornaba con geometrías cubiertas de pan de oro .
Y sobre todo a reproducir mentalmente el colorido salvaje y desconocido del último cuadro que había visto en el museo. Te arii vahine. La esposa del rey.

II

El viernes antes de reanudar sus viajes de contrabandista de cuello blanco, R. bendijo la mesa, como era costumbre, con el llamado Kiddush; cantó por la llegada de los ángeles, y recitó de memoria los Proverbios de alabanza a la mujer

...muchas mujeres hicieron bien; mas tú la las sobrepujaste a todas. Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme al Eterno, esa será alabada. Dadle del fruto de sus manos, y la alaben en las puertas sus hechos.

Cuando en ese momento cogió en su mano la copa de vino, observó de reojo cómo una lágrima se desprendía y rodaba por la mejilla izquierda de la mujer. R. concluyó el Kiddush, y se sentó en silencio.
Sabía desde hacía dos semanas, por una infinidad de casualidades e indicios vehementes, que ella le engañaba.

En realidad R. estaba hastiado de su vida, de viajar cargado con pequeños diamantes a los territorios de la vanidad, y de volver a una casa que empezaba a serle tan extraña como una habitación de hotel. Tuvo que pasar la dolorosa experiencia de ser atracado para darse cuenta, como si las lecciones indelebles tuvieran que ser necesariamente dolorosas.
Habría preferido abrir una tienda de material para artistas, pero le faltaba el valor para cortar un cordón umbilical que le unía ya no sabía bien a qué ni quiénes. Y también habría preferido aborrecer a su mujer, o incluso odiarla, en lugar de sentir un profundo e inexplicable pesar porque ella tuviera que llevar una doble vida.

El domingo en el que finalmente tuvo que viajar hacía dos semanas que no sentía miedo. El Prozac le había provocado una sensación de íntimo bienestar y una renovada seguridad en sí mismo.
Se sentía bello, y lo era.
Para evitar disgustos, el director de la empresa había ideado un plan de seguridad para R. En cada ciudad le esperaría o un guardaespaldas para acompañarle en sus desplazamientos de negocios.
Llegó al aeropuerto con demasiado prontitud, y tuvo tiempo para eternizar un café mientras esperaba su paso a la puerta de embarque. Era la número 13, nunca lo olvidará.
Entonces fue cuando se fijó en ella. O, mejor dicho, se fijó en cómo ella le observaba. Reconoció en sus rasgos a alguien de su pasado, y estuvo unos segundos intentando recordar. Entonces cayó en la cuenta de que se parecía a Kiri Te Kanawa, en una foto que le había firmado la diva hacía casi veinte años.
Ambos factores, que ella se fijase en él, y que él viera en ella a una diva de su pasado, le hicieron sentir un calor embarazoso; se sintió vulnerado , con el efecto de una pequeña piedra que cayese en el fondo de un pozo.
Se levantó, y se fue a buscar un sitio a la derecha de la puerta 13.
No notó que ella le siguió con la mirada, mientras sonreía por su visible sonrojo.
Saber que ella se embarcaría en el mismo vuelo le dio una satisfacción que compensó el retraso de cuatro horas previsto por causa de la nieve. La naturalidad con que iniciaron la conversación hizo que R. olvidara los detalles, pero que recordara que, de repente, se encontraba hablando con una extraña de cosas que ambos tenían en común. No se equivocó al confundirla con la diva, era Neozelandesa como ella, y de ascendencia Maorí. Se llamaba Koru To Roa. Ella le explicó que Koru es una planta en forma de espiral que simboliza la creación, y también la forma en que la vida es eternamente cambiante e inmutable a un tiempo. Koru.
No tuvieron dificultad para compartir asientos contiguos y seguir conversando durante las tres horas y media que duró el viaje hasta Málaga. Ella iba a encargarse de proyectos de decoración hotelera. El iba a hacer negocios con ciertas tiendas de Puerto Banús.
La noche del miércoles ambos estarían libres, se intercambiaron teléfonos y se dieron la mano al despedirse.
El volvió a sonrojarse, y ella aprovechó el momento para ponerse de puntillas y darle un beso de familiaridad en la mejilla derecha.



III

El lunes y el martes parecieron extenderse más allá de su rigor horario, hasta convertirse en una batalla existencial contra el tiempo y la urgencia por volver a ver a una desconocida. R. se libró de los diamantes como quien se libra de una carga indeseable en un barco a punto de zozobrar, y el martes soñó con la imagen de Koru fundiéndose en el cuadro de Gauguin.
El miércoles había finalizado todas las transacciones previstas para esa semana, comió frugalmente y decidió no salir de la habitación del hotel hasta la hora de la cita, con la precaución de quien hace un viaje previsto e ineludible.
Al acudir a la cita, ella ya estaba esperándole. Y él había llegado a su encuentro. Ambos se miraron a los ojos con una alegría sin disimulo. El volvió a recordar a la diva, y ella la apostura de Modigliani, igual que en el aeropuerto.
Ninguno de los protagonistas podría recordar hoy qué cenaron esa noche, o si el vino era blanco o tinto. Pero ambos rememorarían fielmente la temperatura agradable de la noche colándose por un balcón del restaurante, un candil encendido en mitad de la mesa y un pianista serbio que tocaba como Duke Ellington.
Recuerdan que hablaron de los paisajes inconmensurables de Nueva Zelanda, de pintores en paraísos perdidos y de la soledad de los eternos viajeros. Y recuerdan, sobre todo, el momento en el que R. colocó su mano izquierda con la palma hacia arriba, invitándola a tomar la suya. Y Koru recuerda también el ligero estremecimiento de su cuerpo, y el encuentro sin vacilación de su mano con la de R. Una mano suave. Y agradablemente tibia para una noche de enero.
No se dijeron mucho más a partir de aquel momento. Salieron del restaurante, y tomaron un taxi.
Koru se apresuró a indicar la dirección de su hotel, y tomó a R. de la mano mientras le miraba con la certidumbre que a él en ese momento le faltaba.

El primer beso fue en el ascensor, con la prisa de dos adolescentes.
Pero en la habitación se demoraron para aprender de memoria el mapa de sus cuerpos, extendidos desnudos sobre la cama. El recorrió la suavidad de su cuerpo Maorí con curiosidad de gemólogo, gozó con el olor exótico de sus axilas, probó la dureza de sus pezones con los mordiscos imperceptibles de un pequeño pez, y describió arabescos en la parte interior de sus muslos y alrededor de su ombligo con apenas la punta de su lengua; ella acarició los rizos de R. con el cariño primitivo de la primera hembra sobre la tierra, mordisqueó ansiosa la llanura plena de su pecho, y finalmente tomó despacio su dedo anular y lo condujo, con la respiración entrecortada, hasta las profundas entretelas de su sexo empapado de miel tibia. R., a su vez, deslizó la palma abierta de aquella pequeña mano para realizar el milagro de la resurrección absoluta de su hombría.
Koru empezó a hablarle al oído, muy quedo y despacio, en la oscura lengua de su tierra, algo dulce y suave, que hizo sentir a R. la urgencia de su corazón enloquecido; luego fueron frases repetitivas que sonaban a urgencia, y que hicieron que R. comprendiera que era el momento, que estaba preparada para recibirle en el abismo amable de su sexo . El le habló a ella en la lengua ceremoniosa y breve de sus rezos:

Lenta demora de tu cuerpo, Koru, vasija perfecta. Tú me contienes, en ti me derramo como una bendición.

El temblor de Koru le hizo sentir la plenitud de su ser perdiéndose irremediablemente, aprisionado por en una mano delicada que lo apretaba con fuerza, hasta reducirlo a un soplo, a una brizna de hierba. Para recordar el movimiento de su cuerpo, R. tendría que recurrir al misterio de la pleamar golpeando los malecones; tendría que describir, sin ápice de exageración, los esfuerzos telúricos de una falla geológica removiendo las entrañas de la tierra.
Ambos quedaron tendidos boca arriba.
Dos lágrimas caían por las mejillas de Koru. Había llorado de amor.

Todavía gozaron la energía renovada dos veces más, antes de quedarse dormidos abrazados y cercanos. El cabello de Koru revuelto sobre su pecho.
Un mar apaciguado y oscuro, fue el último pensamiento que R. recuerda de aquella noche.


IV

No se vieron muchas veces más aunque nunca perdieron el contacto, ya fuera por postales enviadas desde o hasta un apartado postal de Amberes, o por llamadas telefónicas interminables.
Tuvieron que pasar siete años antes de que ambos tomaran la decisión unánime y firme de dejar arregladas sus vidas anteriores y de vivir juntos un amor que había pasado la prueba tenaz del tiempo y las ausencias.
R. ya había pagado con creces su deuda, y se despidió de su suegro anunciándole al mismo tiempo su divorcio por infidelidad.
Koru, aunque R. no lo llegó a saber nunca, era la mujer de algo parecido a un rey maorí, quien debió pensar que no perdía mucho divorciándose de aquella mujer tan flaca y alocada.
Al fin y al cabo, tenía tres amantes que ya le habían dado hijos, y que eran más orondas, tranquilas y calladas que Koru. Le concedió el divorcio con la displicencia de quien se libra de un estorbo.
Y tuvieron que pasar otros siete años, antes de que el tribunal rabínico de Jerusalén aceptara a una extranjera maorí como hija legítima de Israel, plena conocedora de las leyes del Kashrut, de los rezos del Sabbat, de los ritos del Kippur y de la lengua primigenia de los ángeles.

V

En una ciudad pequeña junto al Mediterráneo hay una tienda de materiales para artistas.
La pared del fondo está decorada con un cuadro de Gauguin, realizado por un famoso falsificador belga. En el dintel de la puerta, una mezuzá. Un hombre está sentado, y dibuja con lápiz de plomo sobre un pergamino.
Una hermosa mujer morena con rasgos indudablemente maoríes abre un bote de cristal transparente, y con su pequeña mano sosteniendo una cucharilla extrae cincuentas gramos de lapislázuli que envuelve primorosamente en papel de estraza.
Yo, entretanto, imagino esta historia.









*A glick hot dich getroefen! Expresión en Yiddisk que viene a decir, de forma sarcástica, "menuda suerte has tenido"