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El viudo gallego llegó al sur como llegan las aves cansadas.
Buscando un lugar donde establecerse, adquirió algunas tierras en Los Altos, alejadas de las demás fincas, y se construyó una casa como fundación de su futuro hogar. Esperaba encontrar el calor que necesitaban sus huesos, roídos por las lluvias y los temporales del mar del Norte, y una nueva vida que le apartara las imágenes de miseria que le habían perseguido hasta edad madura.
Durante años mantuvo la esperanza de emparentar con alguna viuda, pero su carácter taciturno y una indefinida nostalgia fueron postergando los encuentros imprescindibles con posibles casaderas. Hasta que la piel de su rostro se derrumbó como un odre vacío; y su carácter, de por sí contrario a ser sociable, adoptó el semblante del misántropo.
Para entonces, las tierras, que resultaron agrias, le habían hecho desistir de sus intentos de sembrar viñedos, manzanos y frutas exóticas. Plantó algunas hortalizas que la tierra le devolvía en forma de zanahorias raquíticas, acelgas picadas por gusanos y patatas enanas, que él hervía sin pelar en agua salada como parte de su dieta espartana.

Nadie recordaba cuándo fue la última vez que, voluntariamente, el viudo gallego le había dirigido la palabra a un semejante. Seguramente fue cuando comprendió que no habría una viuda para aliviar su soledad, o cuando supo que sus vecinos hacían chanzas de su empeño agricultor llamándole hortelano con apreciable desdén. Decidido a abandonar para siempre el trato con las gentes del lugar, se hizo con un perrillo podenco en la perrera de la capital al que hablaba en la melodiosa lengua de su infancia. Sí tenía tratos con el tendero y con el farmacéutico y, de año en año, con el cartero que le dejaba alguna carta de España. Pero aparte de algún saludo por pura urbanidad, estos tratos se limitaban a extender algún papel en donde habría consignado su lista de compra.
El perrillo se hizo su único amigo, y el viudo paseaba por el valle con él, y por las noches sacaba dos sillas de madera a la fresca para observar el espectáculo de la enorme luna llena que sólo es visible desde el trópico.
Yo siempre había oído hablar del hortelano como del viudo gallego. La abuela Aloisa le tenía gran aprecio y jamás permitió en la casa las burlas ni los chismes crueles que corrían de finca en finca, porque aquel ser callado nunca olvidaba traer por pascua las acelgas que servirían de hierbas amargas. También sabía de su carácter difícil, pero un cruce del destino me hizo conocer que la única desgracia de aquel hombre era ser incomprendido.
Una mañana, mi padre se detuve al lado de su viejo Ford delante del único semáforo de la Avenida Central. Observé cómo la mano arrugada del viudo acariciaba el cuello del perro, en un gesto tan sencillo como revelador: todo cuando de bondadoso le había negado hasta entonces el género humano, e incluso la tierra agria de su finca, se lo entregaba aquel animalito agradecido que le miraba con ojos de humanidad.
Fue pocos días después, camino a Los Altos, cuando vimos una pequeña columna de humo al lado de la carretera. El Ford se había precipitado por un terraplén, y se había estrellado contra unas rocas. Debieron pasar pocos minutos desde el accidente, pues al correr hasta el vehículo para auxiliarle pude asistir al último aliento del viudo gallego, que se quedó mirándome con una extraña ternura mientras algo parecido a un soplo o a una brisa pasaba, invisible, ante mi. Dos gruesas lágrimas rojas que bajaban por sus mejillas me hicieron percibir el olor de la sangre, y las piernas me empezaron a temblar. Durante días no pude dormir recordando el estertor último, la mirada extraviada de la muerte y la inenarrable sensación que deja un cuerpo al quedar deshabitado. Sólo después empecé a recordar que el perrillo ladraba furioso dando vueltas a mi alrededor.

Un día apareció por la finca. Desconfiado al principio, rehuía de cualquier intento de acariciarle y sólo se acercaba a la comida cuando nadie estaba presente. Después se habituó a la familia, y durante algunos años fue mi compañía al ir a buscar paisajes para pintar.
Algunas noches, al volver de aventuras ilícitas, encontré al perrillo haciendo un extraño juego junto al río. Le ladraba al reflejo de la luna llena, y se lanzaba al agua a deshacer la imagen con dentelladas furiosas, como queriendo borrar el rastro de sus noches felices junto al amo desaparecido.
Al final, su cuerpo de perro viejo se llenó de tumores; un día ya no pudo levantarse. Lo llevé al veterinario, y sujeté su pata mientras le inyectaban el único remedio concebible para su sufrimiento.
Sus ojos me dedicaron la misma mirada de ternura que tenía el viudo gallego cuando abandonaba este mundo de ciegos.