I


Los bares africanos tienen el halo sucio del abandono, un calculado desorden que se multiplica hasta en la disposición arcana de mesas y sillas.

Acababan de abrir el bar, y nada había cambiado desde la noche anterior. Más mugre, si acaso. Más oscuridad.

Sentí un ligero asco por encontrarme allí, buscando el alivio del Jack Daniels con un inglés llamado Ewan que sólo sabía hablar de estadísticas de fútbol y de negocios turbios, y que no perdía la oportunidad de elogiar las bondades del Yorkshire Pie y del bacon sandwich tras una noche de juerga.

Pero era el único bar al que podían ir los europeos, y era mejor opción que ver el Discovery channel en la habitación del Sheraton.

Nada preveía que aquella noche última de mi estancia en Uganda, en aquel bar de Kampala, sería la noche que se prendería en el recuerdo.



II


Primero entró el chino, que por sus ojos y la lentitud de sus movimientos me recordó a un camaleón, seguido de un africano malencarado que tenía los ojos rojos y saltones de un sapo maligno.

Y finalmente ella.

Debo detenerme para describirla con más detenimiento, porque a pesar de haber conocido a muchas africanas hermosas, ella las superaba a todas con una rotundidad bíblica. Y no porque tuviera el hechizo árabe de las somalíes o las etiopes de figuras esbeltas y ojos inequívocamente moros.

Tenía el porte de las mujeres africanas que aprenden a caminar desde niñas como las princesas, llevando un cántaro de agua sobre la cabeza; tenía las extremidades largas y estilizadas de una figura de Klimt, y el perfil bellísimo que sólo se da en las tribus nilotas. Era alta, un metro setenta quizás, y sus pechos y su culo tenían algo entre obsceno y desafiante.
No pudimos evitar admirar aquel cuerpo de muchacha en aquella procesión dispar de personajes, pues, por alguna razón, ella no transmitía la sensación de putita que suelen tener las mujeres que frecuentan los bares africanos, vedados siempre a las mujeres honestas.
Ella parecía haber sido injertada de un sueño de perfección en un mundo que no le correspondía.

Ignoró cuanto la rodeaba en aquel tugurio, y se sentó desganada junto al chino. Bebía una fanta de naranja.


III


No pasó mucho antes de que cruzara una mirada con el chino, que aproveché para entablar conversación. Resultó ser un ingeniero encargado de un nuevo proyecto de carreteras en Entebbe. El africano con ojos de sapo era su chófer, y seguramente hacía las veces de protector.

Hablamos.
Banalidades, pues su inglés era pobre, y no daba para mucho. Parecía, no obstante, un hombre de mundo que llevaba diez años con proyectos de carreteras en Africa.

Venía ebrio de algún otro lugar, pues hizo un ademán de levantarse del taburete y casi cayó de espaldas, de no haber sido por la rápida intervención del africano, que tampoco parecía el hombre más sobrio del local. Miró hacia las cuatro esquinas como si de repente hubiera caído en la cuenta de que se había perdido, y desapareció camino a los lavabos con la misma velocidad camaleónica de su entrada.
Fue mi oportunidad, le pregunté su nombre.

-Sylvie.



IV

Para cuando el chino volvió, imaginé que seguramente de vomitar al ver la palidez de su rostro, ya sabía que ella era Tutsi, y que se había refugiado en Uganda con unos parientes, y que el chino la intentaba convencer para irse a vivir con él, ofreciendo promesas de prosperidad que ella no creía.
Y no sabe cómo tratar a una mujer, dijo, mirando hacia el chino con una mirada desdeñosa.
Nuestra conversación nos aisló en un cruce de mensajes subliminales, de miradas sugerentes y silencios en los que ambos sabíamos qué queríamos decir.
Para entonces, el chino había apoyado la cabeza sobre la barra, y dormía. Media cara parecía aplastada contra la barra, como si careciera de huesos. El chófer había desaparecido al fondo del bar y entretenía a un grupo de chicas a las que seguramente impresionaba con sus historias de hombre importante.

No sé en qué momento nos dirigimos al baño, a un cubículo que también parecía sucio a conciencia.



V


Fue una lección apresurada de las medidas de su cuerpo perfecto. Se desnudó de cintura hacia abajo, y entreabrió sus piernas para ofrecerme un sexo apenas hirsuto, pero pleno de texturas. Intuí un encuentro desesperado, una ruleta rusa sin protección. Pero un instinto animal me había convencido de que su cuerpo era limpio.

Al entrar en ella abandoné la codicia que me había conducido hasta el deseo de poseerla, y me encontré nadando en una lago de aguas tibias y peces tranquilos, bajo una lluvia que mojó mi cuerpo como una bendición, con la liturgia nueva de su piel noche. Sentí el peso de su vida y de su historia, y sentí que la amaba con el amor tierno de los adolescentes, hasta que todo terminó en un orgasmo mutuo durante el cual nos abrazamos como amantes antiguos.
No usaba perfume, pero su sudor tenía el aroma untuoso de la mirra.

Tuvo la precaución de pedirme que saliera antes. Ella volvió cinco minutos después.
El tiempo parecía haberse detenido, pues el chino seguía durmiendo y el chófer seguía contando a viva voz sus historias en una lengua que no entendí.
Tampoco Ewan se enteró de nuestra excursión al baño.
Bebimos en silencio. Evitamos mirarnos.



VI

-¿Qué edad tienen?, le pregunté.
Hizo un gesto de sorpresa.
-¿Quién?, preguntó.
-Tus hijos, ¿qué edad tienen?
-Nueve y tres. Dos niñas.

Ewan me tocó el hombro y dijo que era hora de volver al hotel.

Era lo más oportuno.



VII

Apreté su mano al tiempo que le dije adiós, un adiós a media voz. Su dedo corazón acarició toda la extensión de mi palma con un roce sabio, como queriendo encontrar la línea exacta que serviría desde entonces como recordatorio de que aquel día, aquella noche, el destino nos había citado allí, como dos chispas que se elevan y se encuentran en una hoguera nocturna.