Aloisa Halevi vio a su marido diciéndole adiós con la mano desde el muelle del puerto; también vio un barco que se acercaba, y cómo del barco descendía un hombre con barba que se cruzaba con su marido mientras éste subía con paso lento.

Nos relataba este sueño durante el desayuno cuando se presentó el cartero con el telegrama. El abuelo había muerto la noche anterior, y la reclamaban de vuelta a la finca para hacerse cargo del entierro.
Ella ya había tenido la precaución de preparar su maleta al amanecer, segura del significado de su sueño nefasto. Pero con mis padres de vacaciones en Europa y los hombres de la familia desperdigados por causa de la guerra que se avecinaba, la abuela Aloisa sintió de repente todo el peso de su edad. Se sintió impotente e indecisa; y frágil, como si la pérdida le hubiese arrancado las virtudes de mujer invencible que siempre la habían acompañado.
Se sentó a llorar su congoja en un cuarto oscuro, como quien espera un milagro que no va a llegar.
Su desesperanza, sin embargo, pareció disiparse cuando la tía Ana sugirió que me llevase de vuelta a la finca para hacerle compañía durante el viaje, yo podría permanecer con ella hasta el regreso de mis padres. Haríamos el viaje en uno de aquellos autobuses destartalados que salían desde el mercado de la terminal con su cargamento de indios y gallinas.

A mis ocho años la muerte era algo misterioso, aunque sin los tintes de tragedia y sin el miedo que los años y la experiencia nos imponen. Y un viaje al interior era siempre una aventura.
Los abuelos vivían solos, salvando a duras penas el naufragio de una finca de café en el altiplano y en constante lucha con las plagas, los precios del café que se dictaban desde Londres y con cincuenta familias que vivían por y para la finca y cuyos componentes conocían por nombre y apellido. Casi todos los recién nacidos eran ahijados, y Aloisa Halevi había asistido al parto de casi todos ellos. Por una tradición convertida en pura higiene clínica, los varones eran circuncidados al octavo día por el médico del pueblo enmedio de una celebración que mezclaba recetas sefarditas, tamales, aguardiente de caña y músicos de fiesta.
Del entierro recuerdo muy poco; los rezos, las lozas blancas de un cementerio entre pinos y cipreses, un camino de tierra que nos llevó de vuelta a la casa.

Fue entonces cuando se presentó Gabriel, el hijo menor de la abuela, vestido de negro, con la barba poblada y un saco marinero a cuestas. Aloisa Halevi cayó en la cuenta de que esta aparición inesperada constituía la parte incomprendida de su sueño.

Recuerdo el alboroto en torno a la entrada, alguna mirada de rencor entre los hombres de las fincas contiguas, y las habladurías en voz baja de los criados en la cocina.
Gabriel había sido dado por desaparecido hacía algunos años.
La tía Marta, la hija que el abuelo había tenido en una de sus relaciones extramaritales, me contó la historia como si se la contase a un mayor, sentados en la cocina, mientras yo bebía mi primer café negro.

Gabriel se había marchado en una mala noche tras discutir con su padre un destino de hacendado que él no quería. La misma noche que había elegido una muchacha de los alrededores para suicidarse, cansada de las maledicencias del pueblo y las sospechas infundadas de adulterio de un marido que la maltrataba. Todos infirieron que Gabriel y Elsa, que así se llamaba, habrían huido juntos.

A la entrada del pueblo había un pozo natural al que le habían puesto el motor de un tractor para extraer el agua. Era un pozo de más de cien metros de profundidad, y era famoso por tener el agua más dulce de la región. Hasta que apareció una falange con un anillo en la tubería atascada unos meses después.
Pertenecía a Elsa.

Vinieron expertos que rescataron con gran dificultad los restos. También en esos días apareció una carta sin abrir, traspapelada entre documentos de la alcaldía. Era una nota de suicidio con la letra de la muchacha. El suicidio quedó esclarecido, y el pozo fue cegado para siempre con el dudoso nombre del Pozo de la Verdad.

Gabriel sólo supo de esta confusión a su vuelta. Lloró la pérdida que ahora le devolvía a un duelo ineludible, y se quedó durante los siete días de rigor en la finca.
Al octavo día se marchó otra vez, con su saco marinero a cuestas y sin revelar el dolor que le había traído de vuelta a ver a los suyos.

No volvimos a verle.