I
LA ABUELA Y LOS SUEÑOS


La abuela Aloisa decía que algunos sueños trascienden las fronteras que les son dadas y adquieren sustancia propia para quedar flotando sobre el suelo de las alcobas como un humo invisible. Decía que sólo algunas personas tenían el don de reconocer estos sueños y de adivinar la esencia de su contenido. También aseguraba que cuando se trataba de sueños que presagiaran muertes o desgracias terribles, era necesario limpiar la alcoba a primera hora de la mañana, abrir de par en par las ventanas; quitar las cortinas para lavarlas y perfumarlas; cambiar los muebles de sitio para limpiar a fondo y dejar que el agua limpia con unas gotas de amoniaco puro se llevase arrastrando, escaleras abajo, toda aquella maldad hasta el desagüe del patio.
La abuela también tenía el don de saber cuándo y qué soñábamos, y era capaz de reconducir un mal sueño, diciéndonos al oído palabras secretas en voz baja, hasta llevarlo a un puerto feliz que hacía del despertar la sucesión natural de aquellos sueños benéficos.
Mi despertar sigue siendo feliz, incluso en las épocas turbulentas. Y sé que la causa es aquella época que el tiempo apenas ha desdibujado, porque con los años he continuado sin poner barreras entre las vivencias oníricas y las reales. Talvez porque la herencia de la abuela consiste en saber que vivimos entre ambos mundos, y que no podemos escapar de la realidad de nuestros sueños, al igual que no podemos escapar de la realidad tangible y dura de la vida que nos encontramos al despertar, aunque sí moldear ambas con la fuerza y la voluntad de nuestro propio albedrío.
Así aprendí a conocer el mundo, con aquella materia que la abuela manejaba como si fuese un barro mágico. Y mis sensaciones al viajar y encontrarme de bruces con alguna calle poco conocida en alguna ciudad nunca antes visitada, no son las sensaciones de un simple dèja vu ni forman parte de ninguna anomalía del inconsciente, como no lo es saber cómo reaccionar ante situaciones que ya se habían resuelto en un sueño revelador la noche antes.
Todo ello forma la memoria perenne de aquellos sueños que unas manos sabias infundieron durante mi niñez.



II
EL TENIENTE GUTIERRES


Cada vez que el teniente Gutierres, un lejano pariente de la familia, se quedaba a dormir en la habitación de huéspedes, la abuela se encargaba personalmente de limpiar la habitación tras su marcha. No permitía a los niños ni siquiera asomarse a curiosear el ritual de purificación. Una sola vez la escuché decir en voz alta, en el ladino que ella ya sólo hablaba con sus muertos:

─¡Tanta sangre, Hashem bindicho!; qué malhayada que está esta criatura.

La madrugada en que mataron al teniente Gutierres, se oyó en el patio un grito terrible que apagó el canto sostenido de las chicharras. Los perros aullaron poseídos por un presagio telúrico, y provocaron tal escándalo que el vecindario entero se llenó de insomnio. Pero en el patio no había nadie. Al teniente Gutierres lo habían matado a trescientos kilómetros de allí, tras emboscarlo, varios soldados de su propio regimiento por no estar de acuerdo con el golpe de estado. Las sábanas que cubrieron el cadáver quedaron teñidas de rojo vivo sin dejar un resquicio de su blanco original, por la enorme cantidad de sangre. Aquel era el sueño premonitorio que la abuela se empeñaba en limpiar tras el paso del teniente por la casa.
Ella insistió en viajar hasta el cuartel para amortajarlo, contra la voluntad de toda la familia. Se montó en uno de aquellos autobuses provinciales que igual terminaban despeñándose por un barranco al bajar del altiplano, o se quedaban varados como animales cansados al borde de la carretera a la espera de una pieza que no llegaba. Pero aquel autobús llegó inverosímilmente puntual, como si la firme voluntad de Aloisa Halevi lo hubiese dispuesto precisamente así.
Tras lavar el cuerpo, le puso sobre el corazón un papelito doblado con palabras escritas en Hebreo, seguidamente lo amortajó y anudó sus sueños sangrientos con un rezo que le había transmitido su propia abuela , y que ésta, a su vez, había aprendido siendo niña en la pequeña comunidad sefardita de Salónica.
Para la abuela era importante que nadie tuviera aquellos sueños que presagiaban un destino tan trágico, pues estaba convencida de que el país se convertiría, a partir del golpe de estado, en un baño de sangre que ya nadie podría evitar.