I

Cuando a Edén Miranda salió a recibirle la santaniega* con una jarra de limonada fría cubierta por un platito de porcelana, no tomó el refresco como el agasajo amable de la mujer que lo deseaba más allá de la duda, sino como el paliativo para su sed de camello.

Habían bajado andando de la sierra con armas y pertrechos para demostrar al gobierno que no temían a nada ni a nadie, pero a medio camino se dieron cuenta de que no habían tenido la precaución de llenar las botellas de agua. Cuando llegaban por fin a su destino, se sintieron con fuerzas renovadas y aligeraron el paso, a pesar de que el sol a plomo y una polvareda caliente se cebaban en ese preciso momento con las calles del pueblo.

Así que Edén Miranda se bebió la limonada sin las contemplaciones de alguien que bien pudiera ser emponzoñado por manos enemigas; cerró los ojos, y con el sol achicharrándole los párpados la limonada restauró la humedad de su garganta reseca de una forma que nunca había experimentado. Agradeció el gesto a la muchacha, y se encaminó entre los aplausos tímidos de un número de congregados que salieron a recibirle para acompañarlo hasta el cuartel vacío.

¿Cómo iba a imaginar Edén Miranda que aquella trigueñita esmirriada había añadido una gota de su sangre menstrual a la bebida? La santaniega le había dado a beber agüita de calzón, un bebedizo amoroso del trópico, y con ello había sellado un destino que había ideado de forma clarividente el día en que Edén Miranda dio el discurso de liberación en el parque de la catedral.

Fue inútil que la comadre Milagros la hubiera prevenido de hacer amarres en cuarto menguante, o que el indio santero se hubiera opuesto a cualquier intercesión en aquel enamoramiento caprichoso. Para la santaniega, cualquier ensoñación pasaba por estar en brazos de aquel hombre curtido por las batallas de la dialéctica y las balas; ella ansiaba ser vista por aquellos ojos verdes con la mirada del deseo más que nada en su mundo; y, más allá del miedo, aunque era pura en asuntos de hombres, podía imaginar, en el fuego de sus noches deseantes, al macho encaramado haciéndole trizas el virgo con la furia de un venado en brama.



II

Edén Miranda pasó la noche en la casa colonial que le habían cedido los hermanos Gutiérres en espera de concesiones si triunfaba la revolución. Cinco de sus hombres colgaron los chinchorros entre las columnas del patio, y él se desplomó sobre la cama de la alcoba principal para dormir el sueño merecido del guerrero.

Despertó sobresaltado entre las tinieblas de la noche, empapado el rostro de sudor, con una terrible sed y dolor de cabeza. En la confusión del trance entre el sueño y aquel despertar a deshora, pensó que estaba cubierto de sangre y no pudo evitar lanzar un grito de terror. Venis entró apresuradamente con el fusil preparado, esperando sorprender al traidor que había atentado contra el camarada Miranda. Pero en cambio encontró la mirada extraviada de Edén Miranda, pidiendo que le trajesen agua y una aspirina para acabar con aquella sed desmedida y aquel dolor de cabeza inexplicable. Para cuando logró de nuevo conciliar un sueño de paredes tenues, el rigor de los gallos anunciaba la madrugada.

Aunque el café y el desayuno vinieron a devolverle la calma perdida durante la noche, Edén Miranda seguía sintiendo sed. Se acordó entonces de la muchacha que le ofreció la bebida, y pensó en salir luego al pueblo sin otro afán que el de contratarla para hacerle limonada. Inmediatamente rechazó aquella idea delirante, y pensó entonces que tal vez empezaría a mostrar síntomas de dengue o mal de chagas. Tomó su fusil, y se encaminó en compañía de Venis y el hermano de éste hacia la clínica del centro para consultar a su amigo Miguel Lorenzana.

El doctor Lorenzana era un hombre campechano de ideas izquierdistas, así que se esforzó especialmente al reconocer al héroe que le habría gustado ser. Pero ni el examen físico ni las pruebas de hemocultivo arrojaron luz sobre un posible mal de Edén Miranda. Estaba sano, y el diagnóstico del médico fue una posible insolación unida a una leve deshidratación. Le hizo acostarse en una camilla, le administró un suero intravenoso por pura precaución, y le colocó paños fríos en la frente.

El resultado fue pasmoso. A las tres horas, Edén Miranda se sentía recuperado y listo para la acción.

De camino a la casa, vieron venir calle arriba a la santaniega. Llevaba un vestido de vuelos que engrandecía favorablemente su cuerpo de muchachita. Había abultado sus pechos tímidos con tiras de esponja y se había perfumado con agua de rosas. Edén Miranda no pudo evitar un ligero vértigo que le recordó su sed nocturna, y se detuvo ante la santaniega exagerando un gesto galante. Ella estaba lista para aquel encuentro desde mucho antes de lo que pudiera imaginar Edén Miranda, y había ensayado la pose, las palabras y hasta las miradas frente al espejo.

Y fue una actuación triunfal, porque, de repente, aquella flaca de belleza plana se convirtió en el objeto de deseo del hombre que no necesitaba de muchas palabras para meter en su cama a cualquier mujer. Pero ella se hizo la huidiza, ajustándose al guión.

Fue así como empezó un asedio que se demoró durante días; tantos que Edén Miranda incluso llegó a considerar la posibilidad de casarse. Pero desistió de la idea cuando meditó y llegó a la conclusión de que un matrimonio podría ponerla en peligro de muerte.



III

Una noche, mientras los hombres jugaban a los naipes y Edén Miranda se encontraba durmiendo, llegó a la casa la santaniega. Traía un hatillo con chicharrones y tortillas de maíz, y venía seguido de un indio con una caja de cerverzas frías y dos botellas de buen guaro. El obsequio era excesivo, pensaron los hombres, pues sabían que camarada Miranda estaba en amores con la muchacha, y no habrían hecho falta regalos para franquearle las puertas de la alcoba principal.

Edén Miranda despertó frente a una silueta recortada contra el ventanal que llenaba la luna llena. Ella se acercó hasta él y se acurrucó, ya desvestida, en la cama.

—soy virgen, fue todo lo que le dijo.

Edén Miranda lo sabía, y por ello la condujo despacio. La fue estirando lentamente sobre la cama mientras besaba todo su cuerpo, rozando apenas los labios sobre aquella piel prieta y erizada; luego separó ceremoniosamente sus muslos y se colocó encima de forma que ella no sintiera todo el peso de su cuerpo. Así la estuvo besando hasta que sintió que ella estaba preparada cuando la respiración se le fue entrecortando con gemiditos casi inaudibles.

Fue fácil, el himen cedió sin gran esfuerzo haciendo que la santaniego se estremeciera entre sus brazos. Ella empezó a moverse, ofreciéndole toda la profundidad de su sexo hasta que Edén Miranda completó la siembra apasionada y se diluyó entero, empequeñecido entre los brazos de la mujer que le había ofrecido su virginidad.

A ella le quedaron temblando los muslos durante un rato. Luego durmieron un sueño profundo.



IV

—camarada, termine con tanta chingadera o le formo un consejo de guerra.

El mensaje sucinto en forma de telegrama hizo a Edén Miranda caer en la cuenta de que el general Aníbal Cuenca no sólo estaba al tanto de sus líos amorosos, sino también de la desidia en la que había terminado su inicial entusiasmo por la revolución. Porque tanto tiempo en la cama con la santaniega terminó con el frágil amago de vida tranquila que tenían los combatientes ociosos. Así empezaron las peleas, las rivalidades, las borracheras sin fin y las deserciones en masa.

Edén Miranda no afianzó como debía la presencia de sus tropas en el frente oriental, y como consecuencia se perdió un tiempo precioso que inclino la balanza a favor del gobierno. Apenas había leído el telegrama del general, cuando una avanzadilla le informó de la inminente llegada de las tropas del ejército. Eran dos malas noticias juntas.

Salieron apresuradamente del pueblo en dirección a la sierra. De nada le sirvió a la santaniega rogar, pedir, llorar y finalmente exigirle a Edén Miranda que se quedara. De nada le sirvieron las promesas de interceder por él a través de parientes militares, y de nada le sirvió finalmente revelarle que ya esperaba un hijo suyo.

Edén Miranda sabía con certeza que quedarse significaría acabar en el paredón sin posibilidad de juicio.

El ataque sorpresivo del ejército fue acabando con la revuelta a sangre y fuego. Y cuando el mismo general Aníbal Cuenca terminó muerto en combate defendiendo la última fortaleza de la guerrilla, supieron que la revolución había vuelto a convertirse en utopía.

En la sierra quedaron desperdigados varios grupos que conformaron un batallón de poco más de trescientos guerrilleros. Sabían que resistir era el camino más directo para arañarle algunos días de vida a la muerte.

En la soledad de aquella sierra, Edén Miranda salió del estado en el que el hechizo le había ensombrecido la razón. Comprendió sin dudar que había sido objeto de un embrujo. Pero ni esta certeza, ni los versos que por entonces volvió a escribir, lograron sacarlo de la melancolía en la que estaba sumido.

Ni las guerras perdidas tienen tanta memoria

como tienen los labios

Asumiendo el riesgo, Edén Miranda decidió bajar de la sierra en busca de la santaniega. Tras dos días de penosa marcha bajo los diluvios de Mayo, llegó por fin una noche hasta el pueblo buscando quién le diera razón de dónde encontrarla. Los Gutiérres celebraban una cena en honor del capitán del ejército, y varias puertas se le cerraron en la cara nada más verlo. Aquel hombre empapado y nocturno era el retrato vivo de la derrota, y ningún vecino estuvo dispuesto a ayudarlo.

Nadie supo quién avisó al puesto de guardia en el cuartel, pero de repente Edén Miranda se vio rodeado por soldados dándole el alto.

Tuvo tiempo de llegar hasta el zaguán oscuro de una casa abandonada. Allí murió abatido por dieciocho balazos, buscando en la agonía la razón de su amor extraviado, mientras la sangre le refrescaba la garganta con el mismo frescor de vida que aquella limonada de su perdición.


V

La pasión desbocada de la Santaniega, que apenas duraría seis meses, se había ido transformando en un odio obsesivo hacia cualquier cosa que representara al elegido de su capricho. Y casi sin darse cuenta, un día se encontró de pronto dándose golpes en el vientre con los puños cerrados, llevada por una rabia que la hacía saltar las lágrimas de forma incontenible.
Aquella noche escuchó los disparos sin la turbación de otras veces, ajena al tumulto de sombras que pasaban agigantadas delante de los balcones. Y se arropó, en un esfuerzo por recuperar el sueño perdido en sus noches de desamor y despecho, hasta que la conciencia se le fue diluyendo en un duermevela que alivió en muy poco su cansancio de hembra dolida.

Cuando a las cuatro de la mañana vinieron a darle razón del trágico fin de Edén Miranda, acababa de despertar de un sueño extraño en el que veía al fruto de su vientre agarrándose al útero con las garras de un gallinazo.
Escuchó en silencio la noticia y despachó a los mensajeros cerrándoles la puerta en la cara tras oír cuanto quería saber, pues los detalles ya no importaban: Edén Miranda había pagado caro su abandono.


VI

A la mañana siguiente, la santaniega se lavó la cara y el cuerpo como quien se lava un duelo. Se vistió con el mismo vestido con el que salió a recibir a Edén Miranda con la jarra de limonada, y se dirigió a la casa de la comadre Milagros, su madrina, que vivía en su misma calle.
Lloró delante de ella simulando el arrepentimiento de su error, y apeló a su sabiduría de mujer conocedora de conjuros para librarse de la criatura que había concebido.
La comadre Milagros no se dejó engatusar fácilmente por aquella plañidera inconsciente, sabiendo como sabía que la había prevenido de que un amarre en mala hora equivalía a un pacto demoníaco. La santaniega había pedido prestado sin tener con qué pagar, y ahora no podría librarse de aquella criatura que estaba designada para ejercer el oficio del mal. No, no había nada que se pudiera hacer para alterar el destino.
Pero el cariño que le debía a su ahijada la hizo obviar las consecuencias de aventurarse en un envite con el maligno, así que preparó una infusión con hierba de San Juan, corteza de raíz de algodón y aceite esencial de romero y llenó con ella una botella vacía de ron.

—Si no matas a esa criatura, ella te matará a ti, sentenció, al tiempo que le alargaba el bebedizo.

La santaniega apuró dos tazas de la infusión con los ojos cerrados, para concentrarse en detener las náuseas que le producía el repugnante mejunje. Se imaginó liberada de su carga, expulsando al ser que la habitaba como un alud de carne y sangre desprendida de sus entrañas. Pero era como si en realidad tuviera las garras del ave carroñera de su sueño hundiéndose en sus adentros, y lo sentía vivo, allí, asiéndose con fuerza a la vida, viviendo de su cuerpo como una alimaña inicua.
Y no hubo nada que pudiera hacer para librarse de su preñez, que fue aumentando a la par que ella se fue demacrando y consumiendo hasta quedar famélica.

VII

El niño nació a los nueve meses, sano y hermoso. La comadre Milagros cortó el cordón que ligaba a la santaniega con el heraldo de su maldad, y no tuvo tiempo de llenarle la boca con los trapos que tenía dispuestos, pues salió precipitada a la calle, buscando el aire que empezó a faltarle en un súbito ataque de asma. Apenas tuvo tiempo de llegar a su casa. La encontraron tres días después, con las manos en su propio cuello como si ella misma se hubiese estrangulado.

La santaniega no esperó el regreso de la comadre Milagros, y cuando se sintió con fuerza, envolvió al niño en una manta de caballo que Edén Miranda había dejado olvidada en su casa, y salió a la calle. Dejó a la criatura en la puerta del cuartel, esperando que el frío de la madrugada hiciera el resto, y desapareció entre la bruma que descendía de los Altos por el camino que conducía hasta Santa Ana.







Sep 22, 2007

mario@elretratista.com
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