Gilberto Cifuentes se había sentido malhumorado desde la mañana por causa de aquel viento arenoso que se colaba por todas las rendijas del despacho con un silbido caliente y molesto. Hacia el mediodía, harto de sentir que masticaba arena, le dijo a su secretaria que se tomaba el resto de la tarde libre.
—Al fin y al cabo en estos días de terral ni vienen clientes, se fue musitando, casi inaudible, como si él mismo no creyera la excusa de su propia indolencia.

Gilberto Cifuentes recogió un paquete de correos, compró unas latas de cerveza fría en el colmado de la esquina, y llegó jadeante y sudoroso hasta el zaguán de la casa colonial que era su heredad preciada. Sintió al entrar la bocanada fresca que le alivió de los demonios de su eterno ceño fruncido, pues aquellas fauces de piedra eran el único recibimiento amable de su edad tardía, y constituían la razón de sus escapadas desde el despacho al que acudía más por gusto que por necesidad.
Nada más abrir la puerta, creyó percibir un ruido seco en el fondo del pasillo, junto a su habitación. Con la puerta entreabierta, se quedó parado por un instante, mientras aguzaba el oído. Un súbito pensamiento de valentía le hizo cerrar la puerta con un fuerte golpe, para que quien osara estar en su casa advirtiera la presencia del dueño. Pero no se apartó durante unos segundos de la puerta, asegurándose así la inevitable huida si el intruso surgía amenazante de entre las sombras, a las que sus ojos deslumbrados por el mediodía aún no estaban hechos. Unicamente el tic tac seco del reloj de pared le hizo comprender que no eran más que segundos los que parecían estirarse en aquel larguísimo momento de cautela. Y sólo el silencio le convenció de que estaba completamente solo y seguro como siempre, y de que su miedo era infundado.
Con una sonrisa desdeñosa colocó el paquete de correos sin abrir sobre la escribanía, y la bolsa con las cervezas sobre la mesa del comedor. Se quitaba la chaqueta cuando volvió a escuchar un ruido que le electrizó la espalda como una descarga de picana. Todavía pudo hacer el ademán de colocar la chaqueta sobre la silla, pero ésta cayó suavemente sobre la alfombra mullida. Gilberto Cifuentes no se agachó a levantarla, porque empezó a sentirse indispuesto, y la boca se le secó como un trapo. Casi inconscientemente alcanzó su sofá y se desplomó sobre él, deseando que el intruso saliera de una vez para poder rogarle por su vida. Pasaron más segundos, contados con toda exactitud por el tic tac que ahora sonaba como un escándalo, igual que su respiración, igual que su corazón que se le desbocaba sin remedio; y otra vez el ruido, esta vez más fuerte, le dejó sentir sus cualidades, y pudo imaginar con toda claridad que alguien abría y cerraba las gavetas de su cómoda, sentía el roce de los metales al sacar los relojes, las joyas, y distinguir el tímido desgarro del papel, pues el dinero lo tenía escondido bajo un forro de papel de periódico, repartido por todos los cajones.
Toc, toc, toc, una y otra vez. Gilberto Cifuentes sentía todo el peso de su cuerpo petrificado, y sus ojos estaban abiertos cuanto podían dar de sí por un terror casi sobrenatural, pero todos sus sentidos estaban puestos en la habitación que estaba siendo saqueada.

Fue entonces cuando sintió el latigazo terrible en su pecho, y un dolor que le paralizó el brazo con un calambre brutal. Y ya no fue más consciente de nada, ni siquiera de que en ese momento expiraba, al igual que estaba expirando el pájaro zanate que había hecho añicos el cristal de la ventana huyendo del calor para terminar en el suelo, aleteando contra los muebles con aquel toc toc en la penumbra helada de una habitación con olor a alcanfor, e incapaz de poder alzar el vuelo hasta el azul infinito de un cielo del todo inalcanzable.