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1

Amalia Marina despertó con el ahogo de su mal, deslizó su mano nerviosa bajo la almohada para encontrar el inhalador y recordó entonces que era el día de su boda. Un escalofrío le hizo pensar que talvez se pondría enferma y ya no tendría que casarse, ni salir de la habitación; ni siquiera levantarse de la cama. No tendría que vestirse, ni bañarse, solo seguir durmiendo mientras afuera todo estaba preparado para su boda. O para su funeral.
La tata Edelmira vino a sacarla del ensueño, con su ternura africana y su firmeza de india brava. Le preparó un baño caliente con vapores de agujas de pino que había mandado traer de los altos, le puso en el pecho una cataplasma de harina de mostaza y luego otra con esencia de linaza. Entretanto, le cantaba las canciones de letras obscenas que sus antepasados habían traído del otro lado del mar hacía siglos.
La noche anterior había corrido el rumor de que la guerrilla había envenenado las aguas del manantial que surtía a las haciendas de agua corriente. El mayoral de la finca había cortado el suministro y apenas quedó un tímido chorro para enjuagar la piel embadurnada de Amalia Marina.
Habría que traer agua del río con el camión cisterna para que el resto de la familia pudiera asearse antes de la boda.

2

Tata Edelmira decidió acompañar a Pablo Mañas, el cocinero, en el camión cisterna, porque era un mestizo holgazán y traería el agua pestilente con los restos inmundos de las haciendas y de las lavanderas indias. Había que ir más allá de los cerros, donde el camino era casi intransitable, pero el agua era pura.
Estaban en la tarea de llenar la cisterna cuando vieron descender el cadáver. Venía boca arriba, con la parsimonia de la corriente y los brazos haciendo el gesto de un abrazo al cielo, y con los ojos abiertos. Terriblemente abiertos.
Era inconfundible. Se trataba del indio santero.
Pablo Mañas se lanzó demasiado tarde a intentar atraparlo, y la corriente arrastró el cadáver río abajo. Se detendría sin duda en el vado de las peñas, donde las lavanderas huirían espantadas con la visión del ahogado.
Tata Edelmira nunca olvidaría el rictus fugaz de la aparición, y supo desde ese mismo instante que aquello era el presagio de una desgracia inevitable.


3
Efraín Velázquez había tenido una noche última de amor con Teresa en la umbría del cafetal, más allá de los cañaverales. La urgencia del sexo entre los muslos firmes y de un blanco lunar, le había hecho olvidar las palabras que se había repetido a solas. Teresa, no podemos seguir. Teresa, me caso mañana.
Teresa sólo quería morirse allí mismo, Teresa quería huir con Efraín y perderse en otros confines, empezar una vida clandestina sin el capricho inexorable que les había marcado el destino, lejos de la monotonía de aquel reino animal y vegetal, emancipados de la rectitud paterna que había decidido para ellos una vida separada. Teresa era para dios, y Efraín Velázquez, el ingeniero, para Amalia Marina.
Cuando se despidieron, Teresa fue hasta la capilla, ensoberbecida y rabiosa como una hembra maldita, rogando por la muerte de su hermana.
Efraín caminó a oscuras hasta el jeep, con un bocado de impotencia en la garganta. Apenas sintió el pinchazo de un espino seco en la pantorrilla, y nunca supo que un crótalo le había emponzoñado la sangre.


4

Efraín Velázquez debió intuir que algo malo le estaba sucediendo. Un dolor de fuego le paralizaba las piernas, y apenas podía respirar. Detuvo el jeep a un lado del camino, sintió frío y se cubrió con una manta.
Lo encontraron los primeros invitados, que reconocieron el vehículo en la cuneta, y se extrañaron de verlo dormir cuando debía estar vestido para la boda. Efraín Velázquez ya no vivía.
Cuando iban camino a la hacienda con la noticia, Teresa estaba a medio vestir, vomitando como consecuencia de su ignorado embarazo. Ella debió pensar que era la acidez por los nervios de la boda, y con las prisas y la confusión se llenó la boca con polvos de sal de frutas. Corrió hasta la cocina, pero del grifo sólo salió algo parecido a la expiración de un moribundo . Las sales la asfixiaron.
La encontró la Tata Edelmira, que acababa de llegar con Pablo Mañas. Yacía amoratada en el suelo de la cocina.

5

Al conocer las dos muertes, Amalia Marina se dejó caer al suelo, vestida de novia. Empezó a desgarrar su traje en silencio, pensando que acaso sus malos pensamientos habían traído la desgracia el día más feliz de su vida. El día de su boda, efectivamente, fue un día de funeral. El de las personas que más amaba.
La verdadera historia sólo se supo tiempo después, cuando aparecieron las cartas comprometedoras de Efraín a Teresa, y se supo el resultado de las autopsias, y se encontraron las huellas inequívocas de aquella última noche de amor.

6

Amalia Marina se casó con dios, virgen todavía. No volvió a la hacienda hasta el día en que el viudo don Claudio, su padre, murió de viejo y de tristeza.
Ella me contó la historia, pues sabía que Efraín Velázquez era mi medio hermano.

Y también sabía que yo decidí irme del valle el día que Efraín pidió su mano.