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I

Joao Pires se despertaba todas las mañanas a las siete en punto, tomaba en la cama el zumo de naranja que su madre le habría colocado quince minutos antes sobre la mesilla de noche, y se desperezaba durante un rato antes de ir a su ducha de las siete y media.

Se vestía frente al espejo, sin prisas, con un terno gris oscuro mientras imaginaba cómo sería el mundo sin aquella barriga incipiente, efecto secundario e inequívoco de su vida sedentaria.

Finalmente se colocaba el calzado especial que paliaba la única y casi imperceptible secuela de la polio que padeció siendo niño.

Bebía de pie un café brasileño fuerte de la marca Pilão en una tacita de porcelana oriental, y a las ocho y veinte salía de casa, tras darle un beso en la frente a su madre, para tomar el tranvía desde una calle cercana al castillo de San Jorge que le llevaba hasta su trabajo de conservador en el museo de la Fundación Gulbenkian.


II

El día después que Joao Pires cumplió cuarenta y dos años, conoció a la mujer que cambiaría su vida.

Era una mujercita menuda de piel blanquísima, con el cabello negro y ligeramente rizado. Joao Pires estaba convencido de que si un retratista tuviera que pintar el color de sus ojos, debería usar una mezcla de tierra verde y sombra natural. Le había hecho recordar la foto del rostro joven de su madre que conservaba en la habitación.

Ella le preguntó algo sobre la sala con objetos de escritura antigua, y él quedó entre enmudecido y balbuceante en un fallido intento de responder. Pero se repuso llevado de una súbita y desconocida gallardía, y se ofreció a acompañarla él mismo, como un guía desinteresado, para mostrarle los objetos por los que sentía curiosidad.

Joao Pires conocía de aquellos objetos hasta los detalles más nimios, como dónde fueron comprados y en qué año, e innumerables anécdotas. De una preciosa caja japonesa de escritura le contó que había pertenecido a un poeta, quien la había tenido junto a él en su lecho de muerte.

-Pero en una caja no cabe una vida, dijo ella, enigmática.


De forma totalmente incomprensible para cualquiera que conociese al bueno de Joao Pires, ese día terminó con un intercambio de teléfonos, y la promesa de una cita para tomar café.



III

Yarina, que así se llamaba, era una cubana vitalista y llena de energías positivas. Era el luminoso contraste con el depresivo Joao, que en ese momento consagraba su vida a cuidar de su madre viuda e intentar terminar una tesis doctoral que versaba sobre los colorantes naturales usados en Japón durante la dinastía Tang.


Pero Yarina supo ver en Joao Pires más allá de aquella pátina de empleado de museo gris que le daba aquel aspecto mustio. Vio el alma pura del lisboeta que apenas había salido de Alfama, y que se enmohecía como el fruto malogrado en la rama.

Vio al portugués sencillo que se adivinaba en los retratos de su abuelo, un emigrante portugués que terminó como gerente de teatros en la Cuba postcolonial.

Por causas que únicamente obedecen a los caprichosos vericuetos de las historias de amor, ambos terminaron enamorándose y se casaron un año después.


Hacía apenas seis meses que la madre de Joao Pires había pasado a mejor vida, pero a él no le faltó nunca el zumo de naranja en la mesilla de noche.


IV

Habría sido natural que Yarina le hubiese dado dos o tres hijos a Joao Pires. Pero los excesos amorosos de la pareja tuvieron consecuencias inesperadas.

Yarina tenía una tara cardiaca que se manifestó la noche de amor desenfrenado en que terminaron fatigando los muelles de la cama y desvelando a los vecinos del piso inferior.


Yarina ya no se pudo levantar. Murió abierta de piernas, y con el inconfundible almizcle del sexo cubriendo la palidez de su cuerpo.

Joao Pires no tuvo apenas tiempo de recogerse en su dolor, como es costumbre en los portugueses, pues Yarina había dejado un seguro de muerte que incluía su cremación y el traslado de la urna funeraria, con acompañante, hasta su Cienfuegos natal.

Todos los gastos pagados.


V

Cuando recibió la urna cerámica con las cenizas, Joao Pires supo que se sentiría incómodo con aquella carga.

Al llegar a casa la fue colocando en diferentes sitios, buscando el equilibrio estético que conjugara muerte y apariencia. Tanto la cambió de sitio que al final la urna se le resbaló de las manos, y cayó con estrepito a sus pies. Los zapatos se le cubrieron con una ceniza gris, ligeramente grasienta al tacto.


Con mucho cuidado separó los restos de la cerámica rota y colocó las cenizas sobre un ejemplar extendido del Correio de esa misma mañana con un pincel de cola de marta. Calculó a ojo de buen cubero el volumen de las cenizas, y fue hasta su estudio en busca de la réplica de una caja de escritura japonesa del siglo XIX.

Se equivocó por poco, pues al llenar la caja aún le sobró el equivalente a una taza de cenizas.

Se le ocurrió que tal vez sería necesario quitar un poco de aquella aparente humedad para disminuir el volumen, así que vació la caja y los restos que quedaban sobre el periódico en una ensaladera que cubrió con un film plástico al que le hizo algunos agujeros con la punta de un palillo de madera. Y la metió en el microondas.


El resultado no fue el esperado, pues las cenizas se endurecieron y adquirieron la consistencia de un terrón que se deshacía con un mínimo de presión. Tuvo que recurrir a una pequeña espátula para sacar las cenizas y volver a colocarlas en la caja japonesa.

Con los restos que sobraban decidió hacer una expiación de su torpeza arrojándolos al mar, pero el frío de Noviembre y la lluvia que bajaba por las cuestas de Alfama lo desmotivaron más allá del esfuerzo de pensarlo. Finalmente probó a echarlos en el lavabo, que se taponó al momento.


Así que varios gramos con los restos de Yarina terminaron en el mar, pero pasando antes por el excusado.


VI

Joao Pires había salido de Portugal en viajes de estudios, y para cursos de especialización en Francia. Le aterraba la sola idea de estar confinado durante diez horas en el estrecho asiento de un avión, pero tomó tan en serio la voluntad de la difunta que incluso se compró un traje de lino crudo que hacía juego con el finísimo borsalino panamá que su padre apenas había usado en vida.

Sabía que haría calor, pero no alcanzaba a concebir cómo sería el otro lado del Atlántico.


Seis días después del funeral, aterrizaba en La Habana con la caja japonesa en la mochila y una maleta con pocas ropas. Como no tenía conocidos esperándole, decidió no fiarse de nadie y mantener la caja siempre en contacto con su cuerpo. Pero fue una tarea difícil, pues el habla amable de los cubanos le traía a la memoria la exquisita dulzura de la voz de Yarina. Así pues, cuando el taxista le iba haciendo las consabidas preguntas de todos los taxistas, a él se le venía a la mente la inflexión de Yarina al susurrarle al oído “así papito, así…”

Sin saber cómo, terminó embaucado por el taxista, un negro habanero con mucha malicia y pocos escrúpulos que le convenció para llevarle hasta Cienfuegos por la módica cifra de trescientos dólares, no sin antes hacer un recorrido por la Habana nocturna.


El negro habanero le llevó hasta la dueña de una casa privada que alquilaba habitaciones. Joao Pires pudo asearse y descansar durante algunas horas.

Por la noche lo llevó a cenar a un paladar, en donde la langosta se ofrecía con el halo de lo prohibido. Pagó una pequeña fortuna por un vino chileno, que no podría competir con el peor de los vinos de Alentejo, y el cascarón de una cola de langosta hábilmente rellena con gambas trituradas. Pero disfrutó de un tabaco sin estola del mercado negro, y de un café aromático que le hizo volver a añorar su corta vida marital.

Ahora llevaba la caja japonesa metida en un bolso que se colgaba a modo de bandolera, y no pudo evitar sacarla y acariciarla como si se tratase de un objeto preciado.

El negro, que se había invitado a la cena, intuyó el instante de saudade de Joao Pires y le llenó un vaso con ron, al tiempo que le daba unas palmadas en el hombro.


Joao Pires jamás se había emborrachado, pero la atmósfera habanera le había infundido unos deseos desconocidos de perderse sin remedio. Así que siguió apurando la botella junto al negro, y de ahí continuaron a otros garitos. El negro habanero se movía en aquel ambiente como un pez en el agua, y Joao había terminado por confiarse.

Cuando llegaron a un sitio de baile, el negro quiso emparejarlo con una mulata que estaba empeñada en enseñarle cómo se bailaba la Salsa. Pero Joao Pires no estaba para bailes. Joao Pires estaba lejos, o, mejor dicho, su alma estaba lejos, escuchando fados en Alfama, y llorando por una pérdida que la borrachera le acentuaba hasta hacerle sentirse humanamente solo y desgraciado.

Pero aquella mulata insistente tenía una misión que cumplir. Le quitó el bolso bandolera y lo colocó sobre la barra del bar; se llevó casi en volandas al pobre Joao hasta el centro mismo de la pista y lo zarandeó como a un muñeco de trapo. Joao Pires habría jurado que todo daba más vueltas de lo normal y que, o él se iba haciendo inexplicablemente más pequeño, o a aquella mulata le crecían las piernas hasta alcanzar el tamaño de las columnas dóricas de un templo griego.

Joao Pires terminó aquella noche inolvidable olvidando cómo había ido a parar a la habitación de la casa, ni quién le había desnudado completamente.


Cuando despertó, al mediodía siguiente, recordó a ráfagas a la mulata intentando una imposible felación a su miembro flácido, y gritándole algo sobre los pesos. Una orquesta ensayaba en la casa de al lado, y en la radio se escuchaba un bolero: “tú eres importante en mi vivir,/ y aunque tarde hayas llegado a mi vida/ siempre te amaré. /Te veré a la misma hora/ y en la misma habitación/ lloraremos, sonreiremos, unidos.../ de pasión los dos,/ los dos locos de amor...”

Pero entonces Joao Pires sintió un escalofrío, se levantó apresuradamente y se puso a buscar su bolso bandolera. No estaba.

Había perdido el pasaporte, algún dinero, pero sobre todo la caja con los restos de Yarina. Una furia súbita vino a devolverle el sentido.


VII

El negro habanero tuvo que repartir el escaso dinero con la mulata, pues ésta le había ayudado a despistar a Joao Pires, a llevarlo a la cama, a desnudarlo, y había intentado una relación que fue imposible por la borrachera del portugués.

Y además, Joao no le había dado dinero.

Pero el negro habanero estaba más interesado en el contenido de la caja, pues había notado el cuidado que ponía Joao en tenerla a buen recaudo.

Todos los europeos que había acompañado en sus correrías nocturnas le habían preguntado dónde se podían conseguir drogas, así que él asumió que aquellos polvos de extraña textura serían alguna droga que él podría vender. Se llevó un poco a la punta de la lengua, pero no notó nada. Esnifó una raya, tal como había visto hacer a unos italianos, pero tampoco noto nada.

Finalmente lo mezcló con picadura y lo fumó. Entonces sí notó algo: un horrible y nauseabundo olor a pelo quemado.

Entonces cayó en la cuenta: eran cenizas de muerto. Maldijo a todos los santos, cerró la caja y la metió en el bolso, dispuesto a hacer pagar cara la recuperación al pobre portugués.


VIII


El negro habanero llegó a la casa cuando Joao Pires planeaba qué hacer para recuperar su mochila. Experto en el arte del disimulo como era, se hizo el despistado, pero le dio esperanzas de que pudiera estar todavía en el último sitio que visitaron. Le pidió cincuenta dólares para sobornar al guarda y conseguir la mochila sin necesidad de acudir a la policía.

Joao se los dio sin pensar y se sentó a esperar la vuelta del negro. Una hora más tarde tenía en sus manos todas sus pertenencias a excepción del dinero que el negro se había repartido con la mulata.


Dio gracias a dios por haber recuperado las cenizas, y besó la caja. Una lágrima que rodó por su mejilla le hizo dar la espalda al negro habanero, quien cogió las maletas y las bajó hasta el taxi.


Durmió durante todo el camino, y cuando despertó estaban entrando en la ciudad de Cienfuegos.


IX


La bahía luminosa de Cienfuegos, la perla del sur, iluminó el rostro somnoliento de Joao Pires. Comprendió entonces que había empezado a recorrer el camino hasta este destino el mismo día en que conoció a Yarina, cuando ella le dijo que había nacido en un lugar de Cuba llamado Cienfuegos.

Poco más había sabido de aquella ciudad con casonas francesas y calles trazadas con tiralíneas, o del teatro en el que el mismísimo Caruso había cantado a principios del siglo XX.


Ahora se le ofrecía ante sus ojos una ciudad que parecía haber muerto joven, al igual que Yarina, y que se desmoronaba como si fuera el reflejo de su propia alma afligida.



X

Nadia era alta y más morena de piel que su hermana, pero caminaba con la misma gracia, hablaba con la misma voz y la luz le encendía los ojos con idéntico fulgor que a Yarina.

Ambos se abrazaron y lloraron por su muerte, recordaron historias, y hablaron durante horas.

Esparcieron las cenizas en la bahía.

Joao Pires tenía los ojos llorosos, y terminó arrojando también la caja japonesa con un gesto de furia.

-Su vida no cabía en una caja, dijo.


Nadia le acompañó en silencio hasta el hotel en donde ella trabajaba. Joao Pires se sintió cansado, y decidió retirarse para el resto del día.

-¿Necesitas alguna cosa? Preguntó ella.

-Un jugo de naranja sobre las siete, dijo, mientras subía las escaleras.


Nadia pensó, con toda la naturalidad del mundo, que ella misma se lo serviría unos minutos antes de las siete la mañana.